HOMBRE DE CONOCIMIENTO

 

 

Es más que difícil poder darle el honorífico y elitista título hombre de conocimiento a algún ser humano, teniendo en cuenta que el mismo concepto de lo que significa conocimiento mueve ya a polémicas e inexactitudes. Si nos acogemos al Diccionario de la Real Lengua Española, vemos que nos define conocimiento como «entendimiento, inteligencia, razón natural, estado de conciencia de sí mismo y de las cosas». Cada una de estas palabras podrá tener diversas interpretaciones acorde con el sentido filosófico, sociológico, religioso o netamente dialéctico que se le dé; así pues las versiones abundan acerca de que es ser hombre de conocimiento y se multiplican al tratar de elegir dentro de la marejada infinita de rostros que han pasado, están y pasarán por la faz de éste planeta, el que merezca ser elevado a las alturas gloriosas del palacio de los elegidos.

 

Conocimiento, palabra que puede albergar bajo sus letras desde el descubrimiento de que la rueda era más funcional que el cuadrado, hasta la comprensión última de la homeostasis hidroelectrolítica del cuerpo humano. Preguntado Castañeda (antropólogo mexicano, autor entre otras obras del libro «Las enseñanzas de don Juan) al jefe brujo de la tribu yaki de Nuevo México, de nombre don Juan, que cuáles eran los requisitos para poder llegar a hombre de conocimiento y le contestaba éste con la sapiencia heredada de una cultura antiquísima donde los tesoros seguían pegados a la tierra madre y al mundo mágico de lo no palpable, al mundo de los valores sacados de lo profundo de las guacas del recuerdo indígena, de los dioses sol o luna, de los ritos alrededor de una llama alimentada por peyote o mescalite, que para ser hombre de conocimiento se requería vencer a los cuatro enemigos naturales que cada hombre llevaba dentro. El primero de ellos era el miedo, temido enemigo que se disfraza de hombre flemático y calculador, donde calcular es directamente proporcional al temor, al fracaso, al estigma del miedo «a ser», que corroe y destruye y que termina volviendo al hombre si Magno no hubiese sido. Napoleón tampoco y el rebaño de ciencias salidas de un mismo punto que se fue haciendo más confuso y oscuro a medida que el avance de las diversas fracciones del conocimiento se sucedían y los nombres que disputan las imprentas y los distintos idiomas, reyes que trascendieron sus pequeños reinos y otros que nunca salieron de sus diminutos feudos; y todo este proceso evolutivo ha conllevado sangre y tierra, mar y viento y el estandarte del conocimiento se eleva por encima de las ruinas y el tiempo y los hombres quedan escritos en lápidas blancas donde la maleza nace con el lirio, donde con el grito del hombre se mezclan los chillidos del grillo, las tumbas frías donde no llega el recuerdo, los ojos quietos que buscan la luz del conocimiento, sí, a esos que comprendieron que el conocimiento era una colcha de retazos pero que vista desde arriba era un solo estandarte, una unidad de mil colores, donde la mezcla de todos ellos salía en un solo tinte no irreverente, de color humilde como los hombres de conocimiento, humilde y tenues brillantes por su renunciación, cornprendiendo su papel de simples o I as que van y vienen en un movimiento perenne, allí I a física, acá la astronomía, más allá la ingeniería, desfila la colcha de retazos y aquellos hombres de conocimiento dejaron su estela lumínica en las nuevas olas que siguen viniendo, su nombre sigue vivo, su alma ha trascendido la lápida que un 26 de marzo del 60 fue cerrada. Español de nacimiento, hombre del universo, se llamó don Gregorio Marañón y fue testigo y partícipe del movimiento convulso del mundo, desde la infancia de este siglo XX hasta su cumpleaños en la tercera edad. Nunca ganó un Nobel, ni su genialidad fue tanta que lo aislara del hombre cotidiano y común, su bondad y humildad fueron la misma ante todos.

 

Con Alfonso XIII, rey de su época, al cual acompañó en un recorrido de varios días por las Hurdes, región pobre de España, donde se preocupaba como médico y como poeta por tratar de llevar bienestar a sus compatriotas agobiados por la miseria y la amargura. Poeta consumado, no porque hiciere versos que también los hacía sino porque cada minuto de su existencia lo vivió con el sentimiento en la esencia de sus frases, en la tinta de su incomparable pluma, en el humanismo de sus lágrimas y en la aceptación de sus flaquezas. Demostró como un hombre cobarde que le teme a su propio caminar. Si lograba el aspirante su pera reste terrible primer enemigo, no encontraba con el segundo la claridad: hombre que se cree el faro único de luminosos rayos y termina ciego y ofendido, inundado por espesas tinieblas traídas de la nada por el rebelde orgullo, y venía el tercer contrincante y era el pomposo PODER, que como la sirena mitológica, cuya voz fabulosa era el instrumento para alcanzar el éxtasis más elevado por aquellos oídos que lograban percibir su canto, pero que estarían perdidos si olvidasen que el canto solo era ilusión, al igual que el poder, pompas de jabón que se diluyen con el capricho de unos pocos o de unos muchos, y finaImente quedaba el cuarto y último, la vejez, pues el camino era tan arduo y largo y la vida humana un soplo entre dos eternidades, que al final quedaría un último instante para beber la pócima de los triunfadores.

 

Alguna vez que tengan el mar al frente traten de jugar al di vertido acertijo de cual de las olas es la que golpea más fuerte el acantilado torturado y surgen las especulaciones, será la más grande, la más rápida o la más blanca, será la blanca el origen de la rápida o la grande el origen de la blanca; lo cierto es que a pesar de no poder dilucidar el acertijo de cuál es la que golpea más fuerte, una cosa si queda clara y es que el acantilado siempre es y será golpeado por olas blancas, grandes y rápidas y que éstas pasan y otras nuevas vienen y al final no se sabe si la solas que golpearon se devuelven y retornan con nuevos bríos o si una vez que golpearon el acantilado se perdieron fraccionadas en las piedras ásperas de éste. Es la historia - acantilado cincelado a través de las edades por las olas-hombres grandes, donde algunos gol pea ron más que otros, dicen unos, u otros gol pea ron más que algunos, dicen otros y el final nuevamente todos dicen a ciencia cierta nada es sabido, pero que el acantilado-historia es un hecho es lo único, olas-hombres grandes van, olas-hombres grandes vienen, que algunos retornan con más bríos. Quiénes son? que algunos se fraccionan para siempre, dónde están? cuáles son?

 

Y como saber quién es más grande dentro de los grandes, cuáles fueron más decisivos en el proceso histórico de su especie, quizá Napoleón más grande que Magno hombre puede convivir con el dolor y con la risa y en ambas situaciones estuvo a la altura de su momento histórico. No importa que no haya sido Nobel, fue primero que todo un hombre íntegro y majestuoso, lejano a las mezquinas pasiones que nos torturan a la mayoría de los hombres. Sus aportes como médico y escritor nose pueden separar, porque él nunca separó lo uno de lo otro, el mismo autor de novedosos tratados de endocrinología, ciencia que le debe mucho a su genio. Fue el excelente narrador de seres cuyas vidas fueron dramáticas por su misma estaticidad como Amiel el tímido profesor de filosofía al cual Marañón logró disecar magistralmente en el fondo de sus temores más escondidos ante la realización del acto sexual (Amiel perdió su virginidad a los treinta y nueve años, Marañón logra describir la conflictiva personalidad del desdichado profesor) o el gran escritor de largas cartas a otros grandes de su tiempo como Baroja, Unanumo, Valle Inclán, y en Toledo tenía su famoso Cigarral, en el que se reunió toda la inteligencia española de su época a hablar a cerca de los temores metafísicos y de las realidades cotidianas; su gran amigo García Lorca solía leerle las obras teatrales y poemas que luego daría a la luz; era este pues el ambiente de HOMBRE DE CONOCIMIENTO, en torno al cual se reunieron cualidades excelsas que difícilmente se pueden ver en un mismo hombre. Su vida fue un cotidiano dar un extender las manos, digno discípulo de Hipócrates y Píndaro.

 

Hoy, muy lejos de su terruño natal, separado por décadas de respirar el mismo aire, he querido hacer un humilde homenaje a alguien que significa para mí modelo de lo que debería ser un hombre y un médico; pienso que cuando el dolor de los demás venga a pedir a nuestro cuerpo, envuelto en batas blancas, una ayuda, recordemos personas como el doctor Gregorio Marañón, que sigue dando a través de su pensamiento y de sus discípulos que tuvieron la dicha de asimilar su talla intelectual y moral.

 

El dinero no lo tentó, fue un verdadero apóstol de la medicina y donde se encuentre su alma, estoy seguro que es de las que nunca se han de fraccionar, sino que retornarán con muchos más bríos.